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Traeme un fernet

Tengo cuarenta y ocho años. Estoy sentada en el auto dentro del área de Tránsito de la Municipalidad, esperando a que me llamen para dar el examen y sacar mi primera licencia de conducir. Soy una bola de nervios. Durante dos meses tomé clases de manejo con un pibe de veintipico, que trabajó para que ganara confianza. Mi mayor miedo era pisar personas. Se lo dije el primer día.
Y ahora, mientras espero mi turno para dar una vuelta en un circuito de cincuenta metros en el centro platense, recuerdo que no fue ese pibe el que me enseñó a manejar.
 
A los dieciséis, mi papá consiguió que me sentara en el Dodge 1500 y me mostró cómo meter el embrague, poner primera y acelerar para salir, quitando suave el pie para que el motor no se pare. Me enseñó a doblar en las esquinas y a no caerme en las zanjas.
Porque en el barrio en donde vivíamos, las calles eran de tierra.
Llego a este momento, a mis casi cincuenta, con las nociones básicas de manejo y le pago a la escuela de conductores “Jorge”, para que me quite el miedo. Y el pibe asignado a tamaño objetivo, lo consigue. Y acá estoy, a punto de dar la prueba. 
Para darme fuerzas, mientras van llamando a la gente que tengo delante, casi todos pendejos, me digo que esto es una boludez al lado de la verdadera proeza al volante que alcancé antes de terminar el secundario. 
 
Me transporto a ese momento. Veo una ruta oscura, mano y contramano, sin línea marcada en el medio. Es verano y a los costados, hay campo. Puedo oler el pasto., Las ventanas están abiertas. El auto más grande y moderno que tuvimos hasta ahora, un Falcon Rural con caja al volante. El que conduce es mi papá. Yo voy al lado. Detrás se sientan mis hermanos más chicos, Valeria y Javier. Duermen porque es de madrugada.
A mi papá le encantaba ir a Necochea. Era el único lugar al que íbamos a veranear desde que tengo memoria, excepto una sola vez que estuvimos en San Clemente del Tuyú, donde mis tíos tenían una casa.
Le gustaba viajar de noche, para aprovechar el día en la playa. Sólo paraba si alguien se estaba haciendo pis. Aquella noche, apenas pasamos la rotonda de Ayacucho, seguimos por la Ruta 29 y mi viejo se empezó a sentir muy mal. Se estacionó de repente en la banquina oscura. Y se recostó en el asiento, retorciéndose de dolor. Mis hermanos despertaron.
-   ¿Qué te pasa, pá? ¿Querés vomitar? ¿Qué te duele? - pregunté.
-   No doy más, tengo un cólico. Se me aflojó todo el cuerpo… - respondió.
 
Le quise dar agua y sólo me pidió descansar.
 
-   ¿Qué pasa Isa? ¿Qué le pasa a papá? - preguntó Valeria - ¿Qué hacemos?
-   Le duele la panza, hablen bajito, así descansa.
Nos quedamos allí estacionados. Cada vez que pasaba un camión, el ruido, en mitad de la noche, se asemejaba a la caída de un rayo.
Mi viejo abrió la puerta y dijo “ahora vengo”. Y se internó en la oscuridad del campo. Valeria comenzó a llorar y Javier, todavía entre dormido, se contagió.
-   No llores Vale, ¡ves que lo estás asustando! Seguro que papá fue a hacer pis. Ya viene…. - dije, mientras rezaba para que ningún asesino serial nos descubriera ahí, solos a los tres, junto a la ruta oscura.
-   Hagan silencio, por favor - pedí.
Vale tenía trece años y siempre buscaba mi aprobación, mi protección. Si se tranquilizaba, Javi también se calmaba.
Mi viejo volvió de las tinieblas y rodeó el auto, se paró al lado de mi puerta y la abrió.
-   Pasate al volante, vas a tener que manejar para llevarme a un hospital, porque no me siento bien. - me dijo, suplicando.
 
No dije nada. Me senté y adelanté el asiento. Me puse el cinto y mi viejo, a mi lado, se recostó lo más que pudo y susurró:
-   Tuve un cólico intestinal y tengo la presión muy baja. Arrancalo y volvamos a la ruta.  
-   ¡Pero si no sabe manejar! - gritó mi hermana.
-   Sí que sabe - dijo mi papá.
 
 Yo no estaba segura de nada. Por la ruta cada tanto pasaba un camión. Eran como monstruos a mis ojos, bichos gigantes con los que tendría que lidiar hasta llegar al hospital, que seguro estaba lejos porque a la distancia no había luces.
 
Apreté el embrague, encendí el motor en punto muerto y puse luces altas para divisar la banquina de pastos altos y asomarme a la ruta. No venía nada.
-   Acelerá, acelerá sin miedo - dijo mi viejo. - Metete, metete en la ruta -, agregó.
Mis dos hermanos detrás, despiertos y expectantes, comenzaron a confiar.
-   Dale Isa, dale Isa - gritó Javier. Valeria aplaudía. 
 
Puse segunda, después tercera y aceleré. Fui soltando despacio el embrague en cada cambio y nunca miré los espejos. En las calles de tierra, ¡nunca los había usado! Un camión enorme, enormísimo, apareció detrás.
-   Dejalo pasar, dejalo. - dijo mi papá. 
Una vez que pasó, recuperé la calma. A los cinco o diez minutos, tenía un camión por delante.
-   Acelerá, ¡acelerá y pasalo!  Dale, dale, sin miedo - decía mi viejo.
Y realmente no sé cómo lo hice, quizá porque lo vi a mi papá tan vulnerable, recostado en el asiento, pálido, con vos débil, tratando de guiarme. O porque llevaba detrás dos nenes que me veían grande, grande como esos camiones, grande como todavía yo no era. Pasé el primer camión en esa ruta oscura, donde además del nuestro, casi no cruzamos otros autos.
En aquel momento, la Ruta Nacional 2 era la más segura para ir a la costa, pero allí se cobraba peaje. Y en mi familia, siempre se evitó pagar lo que podía ser gratis. Por eso íbamos por la 29. 
A lo lejos se divisaban las luces de un cruce. Mi viejo seguía pálido y me asombró que no se desmayara, porque casi no hablaba. Un cartel anunciaba “Balcarce 5 kilómetros”.
-   Acá seguro hay un hospital - dije.
-   Si, entremos hija, por favor, necesito un baño.
 
Los nenes se habían calmado tanto que hasta Javi volvió a dormirse y Vale ya no hacía preguntas.
 
Mi viejo me siguió guiando para entrar al pueblo.
-   Frená, poné el embrague, punto muerto. Cuidado el semáforo. Avanzá.
 
Yo le obedecía todo lo que podía, aunque ya entrando al pueblo, el motor se me detuvo varias veces. Me arrinconé junto a la plaza. En frente había un bar y en la esquina, una estación de servicio. Eran casi las 5 de la mañana. 
-   Voy a preguntar a donde queda el hospital - dije.
-   No no no, preguntá si tienen fernet. Es bueno para el estómago. Comprame un fernet. - me dijo suplicando, como si se tratara de Buscapina.
 
A mí me daba vergüenza entrar a un bar sola, desarreglada y sin maquillaje ¡Tenía diecisiete! Mi viejo insistió y mi hermana dijo:
-   Dale, vamos, vamos, yo te acompaño. Hay que cuidar a papá.
 
Del bar salía música y había motos en los costados de la puerta. Un par de pibes borrachos descansaban en la vereda y me gritaron cosas que me dieron asco. Entramos las dos, me acerqué a la barra y le dije al chico que estaba en la caja:
-   Necesito un fernet. Es para mi papá, que está descompuesto en el auto. Lo queremos llevar al hospital, pero dice que con un fernet se le pasa… - le expliqué, todo de corrido.
Me miró extrañado, agarró un vaso, le iba a poner hielo y lo detuve:
-   Solo, sin hielo ni Coca, así nomás, un poco de fernet, hace bien para la panza.
Casi no quedaba gente en el bar, pero tampoco miré mucho. Sólo quería salir de ahí con el vaso lleno. Valeria me apretaba la mano. La tranquilicé.
El pibe me dio el fernet y no me quiso cobrar. 
-   Llevalo -, me dijo. - Que se mejore tu papá -.
 
Y cuando se lo di, lo tomó de un solo sorbo. Me pidió que volviera a la ruta, que manejara tranquila hasta llegar a Necochea porque él necesitaba dormir. Y así fue. Ya de día, arribamos a la ciudad de veraneo que a él le encantaba. Sanos y salvos.
 
-   ¡Isabel Oliva! - gritó el instructor de Tránsito de la Municipalidad. 
Y me hizo señas para avanzar y comenzar a dar la prueba de manejo para sacar la primera licencia de conducir de mi vida.