Ayelén

Todos los días se asombraba. Es que para ella no era natural tener todo lo que tenía. A Rocío hoy no le faltaba la casa, la ropa y la comida, y la desvelaba entender cómo una heladera llena, una billetera gruesa, un guardarropa a la moda, podrían abrir puertas a nuevos deseos, a nuevas necesidades, sin generar culpa alguna las personas que vivían preocupadas por tener alimento, techo y abrigo.
Rocío tenía 30 años y un hijo, el primero. Su marido era empleado de una industria petrolera y no paraba de ascender desde hacía al menos diez años. En la Argentina de esos años, a más de la mitad de la gente le iba espantosamente mal y a un selecto diez por ciento le estaba yendo cada vez mejor.
Rocío era de origen humilde, se había criado en una familia de trabajadores. Al igual que su esposo. Juntos hoy tenían muy buenos ingresos, aunque eso no se tradujera en propiedades ni en consumos de la clase media alta. Porque una cosa es el ingreso y otra muy distinta, la clase social.
Rocío sabía que, en muchos sentidos, ella llevaba ventaja. La de dormir tranquila porque lo básico para vivir estaba garantizado y la de poder disfrutar de lo simple, algo que sólo en un hogar humilde puede aprenderse: El silencio de la casa, una siesta tranquila, sentarse al sol, leer antes de acostarse, un asado con amigos, una caminata.
Conservaba esa esencia porque así la habían criado.
Un domingo al mediodía, llamó a la puerta un hombre pidiendo algo para dar de comer a su hijita de tres años. Dijo estar en “situación de calle”. Rocío le dió una botella de leche y un paquete de galletitas de vainilla. El último paquete que tenía. Pero claro, ella podía ir y comprar más o pedir al supermercado por internet. Distinto es cuando tocás fondo y de verdad no tenés una moneda para comprar comida. Eso también lo había vivido, décadas atrás, cuando estudiaba y trabajaba y lo que ganaba sólo le alcanzaba para pagar el alquiler y comer arroz.
El hombre se llevó agradecido el alimento. Rocío volvió adentro y puso la mesa para comer el asado que su marido estaba preparando.
-Abrite un vino - dijo él. De los ricos, eh. Que hoy es domingo.
Rocío no paraba de sentirse afortunada, aunque una angustia subterránea la atravesaba, cada vez que el mundo le mostraba que no todas las personas corrían la misma suerte.
Al día siguiente, por la mañana, de nuevo alguien llamó aplaudiendo desde la vereda. El perro ladraba fuerte. Rocío se asomó por la ventana. No se veía nadie. El perro no paraba de ladrar. Salió. Una nena chiquita estaba sentada en el suelo, del otro lado de la puerta de rejas.
Rocío se acercó y la sintió llorar, acongojada.
- ¡Basta Duque!, dijo retando al perro, que se calmó enseguida. – Y continuó, mirando a la nena, - Hola bonita, ¿estás sola? ¿dónde está tu mamá?
- Se fue, dijo la nena, llorando ahora más fuerte.
Rocío salió a la vereda y miró para los dos lados. No había nadie. Tomó a la nena y la alzó, la rodeó con sus brazos. La chiquita se entregó sin resistencia y se agarró a su cuerpo con fuerza.
Vamos para la esquina, a ver si encontramos a tu mamá.
Mientras caminaba, la nena dijo bajito:
Mi papá dice que vos tenés comida. Él no tiene. Por eso se fue ¿Vos tenés comida?
Vamos hasta la esquina y después volvemos y te preparo un sandwich, ¿te parece? - dijo Rocío y la bajó para que caminara. Tenía los ojos llorosos, pero ya respiraba tranquila. Con una sonrisa tímida se agarró de la mano de Rocío.
La nena se llamaba Ayelén. Tendría unos 3 ó 4 años y hablaba bastante claro. Tenía la cara gordita, la tez trigueña y los ojos marrón oscuro, redondos. El pelo lacio, por los hombros, enredado y opaco. Llevaba unas medias cancan de lana rosadas, algo sucias, unas crocs fucsia, una pollerita de jean ajustada, que le quedaba muy graciosa. Y un buzo azul. Era bella en su desprolijidad. Olía horrible. Rocío sintió ganas de darle un baño.
Llegaron a la esquina y de ahí caminaron dos cuadras hasta la estación de trenes de City Bell. Le preguntó si podía ver a su papá. Le dijo que no con la cabeza. Volvió a llorar abrazada a Rocío.
Bueno, vamos para casa, a esperar a tu papá.
Entró con la nena de la mano. Encendió la tele, puso un canal de dibujitos y le sirvió un vaso de jugo, que se tomó de un tirón. Mientras la chiquita miraba el Mundo de Gumball, hipnotizada, Rocío le preparó un sandwich de jamón y queso, y analizó qué hacer, si llamar al 911, a la comisaría, a la secretaría de Niñez, a su marido, al municipio o esperar a que el padre regresara.
Fantaseó con adoptarla, con comprarle ropa nueva y contarle a su hijo, que ya tenía 7 años, que ahora tendría una hermana.
¡Tía…!, llamó la pequeña.
La vocecita la sacó de sus pensamientos.
Acá estoy, no me voy a ninguna parte, ¿te gusta el jamón y el queso? Podés decirme Rocío.
Sí, con jamón y queso. Vení - le dijo y con la manito señaló el sillón, a su lado. - Sentate acá. - y de nuevo, se agarró de ella con fuerza.
La nena terminó de comer y se quedó dormida en el sillón, con la tele de fondo. Era el mediodía del lunes, Octavio volvía de la escuela a las 4 de la tarde. De a ratos, Rocío miraba hacia afuera para ver si alguien se paraba en la vereda. El perro estaba en silencio.
Pasaron varias horas y nadie vino a buscarla.
Hola amor -dijo Rocío a su marido por teléfono. - Pasó algo raro, no te asustes.
¿Estás bien? -preguntó él. - Ya estoy volviendo a casa con Octavio.
Sí, estoy bien. Tengo una nena en casa, una nena chiquita. La dejaron sola en la puerta. Estaba segura que el papá volvería a buscarla, pero hace más de cuatro horas que está acá… - le contó ella.
Rodrigo se quedó en silencio unos segundos, se escuchaba a Octavio de fondo gritando
- ¡Mamá! ¡mamá! ¿podemos invitar a Dante a jugar?
- Shhhh, ¡esperá que estoy hablando con mamá!, dijo Rodrigo, algo nervioso. - Ro, tenemos que llamar a la policía, a servicios sociales, avisar, quizá la familia la esté buscando…
- Cuando llegues hablamos, amor. Te dejo porque se está despertando…
Ayelén se sentó en el sillón y miró a su alrededor. Encontró los ojos de Rocío que la miraban con ternura. Rocío pensó en su mamá, en su papá, quizá de verdad no tenían cómo alimentarla.
¿Qué te parece si jugamos a algo?, ¿te gusta dibujar?
La nena dijo que sí con la cabeza. Rocío buscó lápices y unas hojas, y en seguida Ayelén se sentó junto a la mesa y garabateó con colores.
¿Me querés contar si tu casa queda muy lejos o es cerquita? ¿viniste en colectivo o caminando?
En el tren -, dijo.
Rocío pensó que la nena tendría unos 4 años porque hablaba muy claro y dibujaba demasiado bien para su edad. Pero ¿cómo saberlo?
Se sentó a dibujar con ella mientras Rodrigo entraba a la casa con Octavio que, al verla, elevó los párpados y miró a su mamá.
- Es una amiga nueva-, le dijo. - Mostrale tus juguetes, ¿te parece?
Octavio sonrió.
Mientras los chicos dibujaban, Rocío conversó con su esposo sobre qué hacer. Él quería llamar a algún servicio social o a la comisaría. Ella prefería esperar un rato más, con la esperanza de que alguien volviera a buscarla.
Hacía dos años que Rocío y Rodrigo intentaban tener otro hijo. El deseo era fuerte, pero el agotamiento de visitar especialistas y probar hormonas también.
Nadie volvió por la nena.
Rocío la llevó arriba para darle un baño. Y se dio cuenta que no tenía ropa limpia. Eran casi las 7 de la tarde y decidió ir al centro para comprarle algo.
Bonita, escuchame, salgo un ratito para comprar unas cosas y vos te quedás con Rodrigo, ya vuelvo.
Ayelén empezó a llorar.
No te vayas tía…- decía.
Octavio se acercó con un peluche de Pikachu. - ¿Te gusta este?, si no llorás te lo presto- le dijo.
Rocío eligió unas calzas con estrellitas, una remera rosa y un buzo. Dos pares de medias y dos bombachas. Talle 4, pidió. Había caminado siete cuadras y le había servido para pensar un poco mejor qué convenía hacer. Recordó que tenía una compañera de trabajo que había estado en la secretaría de la Niñez de la provincia. Buscó su número y le escribió.
Hola Ro, tanto tiempo… decime, ¿qué necesitás?
Intercambiaron novedades de la vida laboral y familiar. Y Rocío fue al grano:
Si te encontrás un nene en la calle, solo, uno chiquito, ¿a dónde conviene llamar? ¿a la policía o la Secretaría?
Mirá, en general sería mejor acercarse a un juzgado de menores, todo depende de la situación, si es una emergencia o cómo está esa criatura.
¿Y si pasan los días y nadie lo reclama, nadie lo busca?
Hay que dar aviso a la policía, al ministerio, a la justicia, porque legalmente no te podés quedar con un menor, así como así.
Bueno, escuchame, tengo una nena en casa, la dejaron en la puerta, llamaron golpeando las manos y cuando salí estaba ahí, llorando, desconsolada.
¿Y cuándo fue eso?
Hoy al mediodía.
Bueno, hay una persona que te puede ayudar. Es abogada. Llamala, es amiga mía y trabaja en la secretaría. Hablale de parte mía, explicale todo, después escribime a ver cómo te fue ¿La nena está bien?
Sí, pregunta por su papá, es lógico. Pero está bien ¡Gracias Sole!
La abogada le explicó que la chiquita iba a ser derivada por un juez de menores a una institución hasta que se pudiera ubicar a la familia. En el juzgado, conversarían con ella y se daría aviso a las comisarías de la zona. Le harían un examen médico, para ver si tenía lesiones. Se haría circular la información por medios de comunicación. Mientras escuchaba, la miraba jugar. Dibujaba un árbol con ayuda de Octavio. ¡Era tan chiquita!
- ¿Aye, te querés dar un baño calentito? Te traje ropa nueva. A ver si te gusta.
La nena dijo que sí con la cabeza
- ¿Puedo terminar el dibujo antes de que venga mi papá?
La bañó y peinó como soñaba hacerlo con la hija que deseaba tener y no podía. La naturaleza se había empeñado en que Octavio fuera hijo único. Quería adoptar a Ayelén, imaginaba dónde ubicar su habitación, qué jardín de infantes era el mejor, ¿tendría todas las vacunas? ¿cómo haría para averiguarlo? ¿Qué día cumplía años? Y se vio organizando la fiesta, la de los cuatro o de los cinco. Si no lograba saber qué día cumplía años, elegirían una fecha, en verano o primavera, para festejar afuera…
Los aplausos en la puerta la volvieron a la realidad. Ya estaba oscureciendo. El perro volvía a ladrar fuerte.
Perdone señora, hoy dejé a mi nena acá en la puerta, porque sabía que ustedes son gente buena y le iban a dar de comer. Estoy en situación de calle, me quedé sin trabajo y la madre se fue, no sé a dónde…- dijo desde la vereda un hombre con voz suave, suplicante. Y se quedó en la puerta, viendo hacia adentro.
El mismo hombre que el día anterior había pasado a pedir algo para comer. Era joven, parecía menor de 30 años. Hablaba con el tono de la gente humilde, pegando un poco las palabras, vestía prolijo y traía con él una bolsa de plástico, con algunas cosas.
Hola -dijo Rocío mientras salía de la casa-. Sí, la nena está acá. Estaba muy angustiada, llorando en la vereda. - Rodrigo se asomó detrás.
Perdone, la dejé en la vereda, pero la miré desde la esquina hasta que usted le abrió el portón. La estaba mirando, para que nadie me la agarre vio, hay gente de mierda en la calle, es dura la calle. Ella no anda pidiendo señora, yo no quiero que ande pidiendo…
Hola, buenas noches. A ver -dijo Rodrigo y llamó a la nena-. Ayelén, ¿él es tu papá?
¡Papi, papi! gritó y se acercó al portón de rejas. Rocío lo abrió. La nena se lanzó en los brazos de su padre, que la abrazó casi llorando.
Qué linda estás, perfumada…Gracias señora y perdón si causamos molestia.
Rocío los miró en silencio. Y vio a Ayelén alejarse a upa de su papá, en dirección a la esquina. Tenía una sonrisa enorme.