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La alegría de María

Biografía

Corría el año 2017 y buscábamos una casa para mudarnos, que tuviera jardín y más espacio del que había en nuestro primer departamento.  
Vivíamos en la ciudad de La Plata, que es la capital de la provincia argentina de Buenos Aires. Recorrimos los suburbios en busca de algo que pudiéramos comprar. Vimos hermosas casonas con escaleras imponentes, piletas en forma de riñón y quinchos con parrilla. Algunas estaban muy alejadas de cualquier medio de transporte público, otras mucho más lejos de nuestra posibilidades crediticias. 
Mis libros, mi marido, mis dos hijos y yo ya no cabíamos en el departamento. Así es que después de ver una veintena de propiedades, decidimos visitar por segunda vez una casita pequeña, cuyo cartel de venta decía “a reciclar”.
La casa estaba ubicada a dos cuadras de la estación de trenes de City Bell, un lugar precioso, planificado a principios del siglo XX, cuando se loteó la Estancia Grande, de la familia Bell. Entre las décadas del 20 y del 50 se construyeron allí casas residenciales, permanentes y de fin de semana, amplias y lujosas para la época, algunas con estilo inglés, otras de arquitectura colonial, y también chalecitos más chicos y económicos, todas con parque y un arbolado incipiente.  
Esta era una de esas viviendas pequeñas, que fue construida a finales de los 50 y nació rodeada de enormes casonas con parque. 
Hacía más de seis años que estaba desocupada. Y solo un año desde que el dueño, único heredero de la familia, la había puesto a la venta. Aunque la verdadera dueña era la vegetación. La hiedra envolvía uno de los muros laterales de la casa, tiñendo todo con sus grandes hojas verdes y blancas. Para acceder al fondo había que ir por el costado, donde un árbol de hibiscus color fucsia hacía de barrera. La casa estaba rodeada de un cantero con helechos, azareros y malvones.  
Casi al final del terreno, reinaba un abeto centenario de 60 metros de altura, que no dejaba crecer ni un milímetro de césped. Y más atrás, en el final del lote, había un pequeño patio cubierto de musgo, con una parrilla derruida y un cuartito para guardar cosas, lleno de humedad.  
El frente de la casa era prolijo, con ladrillos a la vista pintados de blanco, tejas rojas estilo francés, piso de mosaico rojo con rombos blancos, ventanas también blancas y amplias. El jardín delantero había sido copado por la vegetación de estilo tropical, con plantas de hojas grandes y carnosas. 
El empleado de la inmobiliaria nos mostró el interior: el baño y la cocina no están en condiciones de uso, por eso la vivienda es para reciclar, aclaró.
Mi marido y yo nos miramos. Lo primero que pensé fue en cuánto trabajo iba a demandar hacer de esa casa un lugar habitable. Pero me enamoró esa vegetación desmadrada, esa especie de bosque caótico que la rodeaba. Había algo en el aire, algunos podrían llamarlo “vibra” o “energía”, que me gustaba. 
La casa tenía una pequeña habitación arriba, con una puerta chiquita de acceso al techo. En esa habitación, se había formado un pianista exitoso. De esa historia nos enteraríamos después. Sin embargo, algo de eso circulaba en la casa. De alguna manera, la música había dejado su huella, en los muros, las plantas, en los muebles empotrados, que una vez comprada, arrancaríamos de modo despiadado, arrasando así con parte de la historia, para escribir otra, la nuestra. 

Cuando decidimos comprarla, conocimos a su propietario. Era el último miembro de la familia que había construido y habitado la casa por más de sesenta años. Era el pianista. El que practicaba en el cuarto de arriba desde los 16 años. Hoy era director del coro del teatro Colón de Buenos Aires, uno de los más prestigiosos de América Latina. Sus padres habían muerto de viejos y su único hermano, de una enfermedad. 
Lloró cuando nos vendió la casa. “Con ustedes se queda la alegría de mi madre, con sus plantas”, nos dijo. Su mamá se llamaba María y su padre, Mariano. Lo supe porque estaba en la escritura de la propiedad.   
Los vecinos los recordaban con cariño. Excepto por el abeto enorme del fondo, que había alcanzado un tamaño tan desquiciado, que no dejaba crecer el césped en las casas cercanas. Sus jardines estaban cubiertos de “pinocha”.  El árbol tenía ramas que superaban los diez metros a su alrededor y había sido objeto de intensas discusiones.  

A medida que fuimos remodelando la casa y pudimos habitarla, imaginé el amor y la alegría con que aquella familia, igual a la nuestra, o muy parecida, había construido cada parte, había soñado y concretado cada rincón, cada ventana, cada detalle, que ahora nosotros con ínfulas modernas, minimalistas, veníamos a reemplazar por colores pastel, que tapaban el empapelado ochentoso y floreado, que seguramente ellos habían elegido con el mismo entusiasmo con el que hoy nosotros lo arrancamos para pintar de gris templanza o rosa Praga. 
Una sensación de enorme agradecimiento y admiración sentí por estas personas desde el primer día que viví en la casa. Como el frente no tenía entrada de automóvil, tuvimos que reformar la reja. Los ladrillos a la vista los revocamos creando paredes lisas, ahora pintadas de marrón.  
Los Albanese, así se llamaba la familia original, eran gente sencilla. No tenían auto ni pileta de natación. Habían llegado a City Bell desde La Plata cuando sus hijos eran chicos, al igual que nosotros, para llevar una vida más tranquila, con espacio para tomar el sol y hacer asado los domingos. 
Muchas veces los imaginé en el patio de atrás, festejando cumpleaños, los chicos con bonete, correteando por el pasto, cuando el árbol era chico también. Podía oír sus gritos y sus risas, y hasta ver la mesa puesta bajo el sol, con el mantel de colores, las servilletas, los banderines y los globos colgados, moviéndose con el viento. Y la familia que aplaudía, alrededor de una torta artesanal y exquisita.      
Ese mismo patio, exhibía ahora una oscuridad completa. Las primeras noches en las que dormimos acá, no me animaba a mirar para atrás. O miraba de reojo. Con el tiempo, me resultó natural encontrar la palita del jardín entre alguna de las plantas que amorosamente conservo, cuando yo estaba segura, segura, de haberla guardado en el cuartito del fondo.
A los pocos meses, demolimos ese cobertizo, quitamos muchas plantas y podamos el abeto en varias etapas, hasta que lo quitamos entero para que entrara el sol y creciera el pasto. La palita y el rastrillo cambiaban de lugar, sobre todo en primavera. A mi marido nunca se lo conté. 
Una tarde necesitábamos salir a la terraza por la puerta del cuartito de arriba y no pudimos encontrar la llave. La buscamos en su lugar de siempre y no estaba. Revolvimos todo. Tuvimos que forzar la puerta. Al bajar, la llave estaba ahí, sobre la mesa del comedor y nos miraba exultante. Nos miramos asombrados ¿Cómo es que no la vimos si buscamos por toda la casa? Cosas así nos pasaron muchas veces. 

Ya casi no queda nada de la casa original. Fuimos reemplazando ventanas, paredes, quitamos el cuarto del pianista. Les pedí disculpas en cada cambio por eso, en silencio les expliqué con mis pensamientos, que respetaba todos sus logros pero que ahora era momento de los nuestros, que estaba profundamente agradecida por lo que habían hecho, que la música que se había creado en esta casa era también nuestro orgullo. 
Por las noches, a veces, una mano amorosa y cálida me acaricia y desaparece. Es la mano de una madre. La alegría de María, con sus plantas, permanece en la casa. Así tal cual como lo dijo su hijo, cuando nos dio las llaves.