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Microrrelatos

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Golazo

Antonio corrió como lo hacía siempre, detrás de la pelota. Con sus últimas fuerzas cruzó la cancha e hizo el pase justo para que Ramiro la metiera por el costado izquierdo, donde el arquero no llegaba. Ni en pedo llegaba. Antonio se tiró sobre el pasto. Mientras los demás festejaban, un dolor punzante le impidió pensar. Un hilo de sangre brotó de su cabeza. Desde la tribuna caían botellas y piedras. Lo último que vio Antonio fue a sus amigos fundiéndose en un abrazo que le pareció eterno.

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La casa de la abuela

Esa noche la madre se fue a dormir y al otro día no despertó. 
—Siempre tuvo una salud envidiable. Esto nadie se lo esperaba —se lamentó el padre por teléfono mientras daba la noticia a alguien de la familia. 
Después de ir al cementerio, la hija menor se refugió a pocas cuadras, donde vivía su abuela, que le daba de comer y la ayudaba con las tareas de la escuela. El hijo más grande, se quedó en la casa. 
En los días que siguieron, el padre dormía poco, tomaba mucho y cambiaba de novia a cada rato. Un domingo apareció con una chica de veintidós de la que, dijo, se había enamorado. La chica se quedó a vivir con ellos. Habían pasado dos meses de la muerte de la madre.
El hijo mayor dejó de ir a la escuela y también empezó a frecuentar la casa de la abuela, que terminó alojándolos a los dos. 
Con el padre no volvieron a hablar.
La piba de veintidós se fue al poco tiempo. 
Una noche sonó el timbre en la casa de la abuela. Era tarde.
La mujer miró por la ventana y vio al padre. Abrió la puerta. Hacía mucho que no se dirigían la palabra. El hombre se abalanzó sobre ella y estiró sus grandes brazos para agarrarle el cuello. Ella no se resistió. Se tiró sobre él y lo abrazó con fuerza. sintió cómo el cuerpo del hombre se iba aflojando. Los hijos, que se habían despertado, corrieron a la puerta y vieron a su padre en los brazos de su abuela. Lloraba como si fuera un chico.

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Las botas mágicas

Juan Ignacio llevaba todo el día con tos y disfonía, algo que le había pasado varias veces desde que nació y que se calmaba cuando lo sacaban al frío de la noche o lo acercaban a la heladera abierta. Tenía laringitis y esta vez parecía una más. La mamá faltó al trabajo para cuidarlo. 
Ese día, Juan Ignacio se quedó dormido en los brazos de su mamá, sobre el sillón, y cuando se despertó, a las tres de la tarde, no podía hablar ni respirar bien. Se ahogaba. Ella se asustó y pensó que se moría. No tenía el auto. La parada de taxis quedaba lejos y creyó que llamar a urgencias era una mala idea, porque las ambulancias siempre tardan. A una cuadra y media de su casa, había una clínica para adultos. Lo agarró a upa y corrió con todas sus fuerzas, llevando en la espalda esos 20 kilos de niño que se había quedado sin voz.
—Vas a estar bien Juan, ya llegamos, mamá te lleva volando, vamos a llegar en un segundo, ¡me puse botas mágicas! ¡ya estamos, ya estamos llegando…!  —- dijo.
Entró en la clínica y gritó: “¡No puede respirar!” Enseguida lo atendieron. Con una mascarilla le abrieron el paso del aire. La mamá lo abrazó fuerte y sonrió aliviada. Cuando se sintió mejor, Juan Ignacio habló por teléfono con su papá, que venía en camino:  
—¡Hoy volamos papi!, ¡volamos con mamá por arriba de la calle y de los árboles! Cuando aterrizamos donde está el doctor, me hicieron una nebu y ya estoy bien. Cuando llegues, ¿me comprás un helado?