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Guerra de carnaval

Marcelo tiene quince años y yo catorce. Me piropea cuando paso caminando, a propósito, por  la canchita de fútbol donde se juntan los del barrio. Es un baldío con arcos improvisados, del que siempre salen gritos de gol y de alegría. 
A mi me encanta. Soy capaz de ir varias veces al almacén de Doña Lina, que queda a la vuelta de casa, para pasar mirando y haciendo como que no miro, hasta que escucho su voz, mezclada con otros gritos, decir “cada día estás más linda”. Me derrito. 
Es febrero de 1988 y en La Plata hace un calorón. Mi hermana y yo nos instalamos en la vereda, esperando a las víctimas de las bombuchas, que llegarán de un momento a otro. Marcelo vive en la esquina de mi casa, y en frente está José, que también juega. Pato es otro pibe que viene con su hermana. Son mellizos y siempre se están peleando. Corren rápido y eso los hace divertidos. Por suerte Marina juega con nosotras y aprovecha el agua para vengarse de su hermano. 

Doblan la esquina, traen baldes con las bombuchas llenas. Marina se suma en seguida a nosotras, que la tenemos  más fácil con la canilla cerca del portón que da a la vereda. Son las dos de la tarde y los grandes duermen la siesta. 

Los pibes se instalan en medio de la calle de tierra, seca y polvorienta. Una escena del lejano oeste es lo más parecido que llega a mi mente colonizada por las series yankees como Bonanza y Los Duques de Hazard. Ahí están los que vienen a declarar la guerra de bombitas, esa que yo tanto espero para que Marcelo se acerque y me envuelva en ese olor agridulce que le sale del cuerpo y que quiero guardar después bajo la almohada, para soñarlo mejor.  

Y ahí estamos: mi hermana, Marina y yo, con las bombas de colores en la mano y los baldes al costado, enfriando el resto; del otro lado de la calle, los pibes, listos, la mirada fija en nuestros cuerpos. Inicia la batalla. Arrojo la primera y me escondo detrás de una pared, cerca del portón. El Pato grita, se acerca y nos tira. Me moja. Me dió. Mi hermana se anima, sale al frente y tira dos bombazos efectivos, ellos gritan y calculamos que por lo menos uno quedó empapado. 
¡Le di Vivi!, ¡Le dí! José se fue corriendo, ¡le di en la espalda! - dice mi hermana.  
Uno a uno. 
El que se anima ahora es José, que vuelve recargado, trae cuatro bombas muy potentes. Nos las tira con fuerza. Me agacho y esquivo, Marina va al frente tirando dos, pero recibe el impacto en la cintura.

¡Le di, jaja, le di!, ¡esta quedó toda bañada! - dice José con el orgullo del vencedor mojado.        

Hasta el momento Marcelo, solo recarga bombitas en su casa y vuelve corriendo para reponerlas en el balde. Quiero que me persiga, quiero dejarme alcanzar para sentir el golpe, el agua y verlo de cerca. 

Dale Marce, dale, tirale a Vivi, ¡yo recargo! ¡andá, no seas cagón!

Marcelo, que iba para la esquina, se detiene. Duda. “Viene por mí, ¡ya viene!”, pienso. Se me eriza la piel. Imagino su mano en mi pelo, su boca contra la mía. Me olvido de todo lo otro que nos rodea, solo escucho el ruido de sus zapatillas pegando en la vereda, la respiración agitada. 

Y entonces...
Un dolor agudo me recorre la parte baja del abdomen. 
¡Gaby! - le digo a mi hermana - seguí vos, tengo que ir al baño.
Antes de pasar el portón, miro hacia atrás. Y pido al cielo “que Marcelo me espere, que no se arrepienta”. Hasta prometo ir a misa el domingo. 
Entro a la casa, mojada y con el dolor en la panza cada vez más fuerte. 
Cuando me bajo la bombacha la veo, una mancha de sangre ocupa gran parte de la tela, casi se pasa al pantalón. “Me hice señorita”, pienso. 
Es una catástrofe. El instante mágico arruinado. La oportunidad de ver a Marcelo de cerca absolutamente frustrada por la naturaleza. 
Esto tenía que pasar algún día. Lo estuve esperando para confirmar que todo estaba bien conmigo. Que estaría a la altura de mi prima, de mis compañeras de la escuela, que ya estaba grande. Pero…¿justo hoy?
 
Y así fue como se arruinó el último verano de mi vida en el que salí a jugar con los pibes del barrio en la calle.